Mi razón se refugia, malherida,
en su foco
y en el lecho de letras de su
savia procrea
y destila piedad o impotente
guerrea,
al horror cotidiano que confino
y evoco.
A mis ojos protejo del dolor
que no vea,
de verdugos y llantos, de la sed
que no toco,
pero no de mí misma, ni de
lobos tampoco,
ni del conjurado mar cuando al
aire bloquea.
Con mis párpados ciego la
visión de una valla,
la impaciencia ¡con puño! para
helar el furor
que al morder en mi pecho y
retarme a batalla
agiganta con saña lo visual del
horror.
Moveremos el mundo, hasta hacer que aún haya
en el hombre esperanzas de
vivir con honor,
que no sean Los Otros de una
tierra vasalla,
que seamos Nosotros, y que triunfe el amor.